Sobre el término “normal/es” que utilizo en este artículo, incluye a cualquier persona que se considere “normal”, sin más.

“Todo el mundo es diferente”, me dicen cuando hablo de las diferencias particulares del autismo. “Todo el mundo tiene problemas”, inciden, como si no fuera obvio. “Eso le pasa a todo el mundo”, sentencian como si eso dejara claro que no soy autista, que el autismo no existe, o que simplemente son demasiado vagos y egoístas como para respetarme al margen de lo que piensen de mí.

Dado que es tan complejo explicar el autismo, y que las definiciones patológicas ya están a la orden del día en las publicaciones de mayor audiencia, opto por una fábula, como las que nos han enseñado sobre la vida durante siglos.

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Si las personas fueran coches, las personas normales tendrían motorizaciones en diesel y gasolina. Son los tipos más comúnes, como podrían ser introvertidos y extrovertidos. Ciertamente, todos esos coches son diferentes -carrocerías, potencias, pesos-, pero aún así comparten un motor de combustión, con todo lo que ello conlleva.

Aunque no todos esos coches sirvan para lo mismo -unos se especializan en largas distancias y bajos consumos, otros en potencia, velocidad y paso por curva; unos en carretera y otros en tierra- todos ellos tienen una gran similitud en su uso de combustibles fósiles y su anatomía es similar entre sí. Al menos, son más parecidos entre ellos de lo que cada uno se parece a un coche eléctrico.

Las personas autistas son los coches eléctricos.

Tienen motor, como todo el mundo. Tienen carrocería, como todo el mundo. Consumen energía para moverse, como todo el mundo.

Sin embargo, son coches que se diferencian mucho de los demás en algunas cuestiones. Para empezar representan un pequeño porcentaje de la población. Según las estimaciones, desde menos de un 1% hasta un 3% de la población mundial podría ser autista. No todo el mundo conoce los pormenores del funcionamiento y mantenimiento de un coche eléctrico y muchas personas sólo conocen lo que han visto en la tele o alguna película de ficción.

Los coches eléctricos, como los demás, necesitan recargar su combustible, sin él no pueden ser utilizados e incluso, si los forzamos cuando no lo tienen, podemos deteriorar algunas partes o incluso romperlos. Como cuando intentas arrancar un coche que se ha quedado sin gasolina, puedes acabar metiendo aire en el sistema, lo cual requerirá pasar por el mecánico.

Asímismo, los coches eléctricos pueden sufrir daños en carrocería, se ensucian y necesitan ser lavados, requieren el cambio de ruedas, mantenimiento de sistemas y demás. Como todos, ¿verdad?

Hasta aquí, todo bien.

Pero ¿qué pasa cuando le regalas un coche eléctrico a alguien y no le dices que es eléctrico?

Imaginemos.

El coche incomprendido

A Tamara le regalan un coche. Ella lo estrena, está feliz. Se da cuenta de que no suena como los coches normales, no tiene la velocidad punta de los coches normales, pero no le da mucha importancia. Está muy feliz con su nuevo coche.

Pero pronto se da cuenta de algo importante. Su coche no tiene la autonomía de los coches normales. El medidor de combustible le dice que neecsita ser rellenado, así que va a una gasolinera.

Abre la tapa y ahí no hay agujero donde meter la manguera. Por supuesto todavía ni ha elegido la manguera de gasolina o la de diesel, porque no sabe qué tiene que escoger. Bajo la tapa ve dos agujeritos muy pequeños, qué raro.

Busca y busca por el coche, porque por algún lado se le meterá la gasolina o diesel, ¿no? Así que abre el capó y ve un tapón. Lo abre y da por hecho que es gasolina, ya que no suena a tractor como un diesel y tiene menor autonomía. Cuando ve la gasolina a punto de rebosar, cierra la tapa y se marcha.

Pero el medidor de combustible sigue bajo. Ya empieza a pensar que este coche que le han dado es una porquería con el medidor roto. Llega a casa y deja su coche en el garaje, dando por hecho que todo va bien pero el medidor no marca bien. Aunque se quedas con una sensación extraña, como si algo no fuera del todo bien, Tamara se olvida rápido del tema porque no le gusta angustiarse.

Al día siguiente intenta sacar su coche pero no se mueve. Le da al botón, aprieta los pedales y después de un par de centímetros, nada.

Llama a un mecánico, le dicen que les lleve el coche, así que llama a la grúa y para allí que lo lleva.

El mecánico no ha visto nunca un coche como el suyo. Su taller sólo recibe coches normales y no entiende nada. En efecto le dice a Tamara que está deacuerdo, algo va mal, pero que tiene que hacerle pruebas al coche. La manda a casa y allí que se vuelve, con toda su preocupación y mal sabor por un regalo que le va a salir caro. Empieza a resentirte con quien tuvo la idea de regalarle un coche y sobretodo con el coche.

En el taller, al coche le hacen mil pruebas. Llaman a varios talleres vecinos para ver si han visto alguna vez algo así. Finalmente, un experto en coches se lleva las manos a la cabeza.

El coche está deshecho, piezas por todas partes, los mecánicos han rasguñado la carrocería al pasar por su lado, está sucio, lleno de papeles para cubrir el asiento y no mancharlo, pero aún así el interior está lleno de polvo. Un charco negro de gasolina bajo el coche hace que el ambiente resulte tóxico. El combustible acabó por corroer los plásticos y gotea incesantemente.

El experto hace una sencilla prueba. Encaja un enchufe en los agujeros bajo la tapa del depósito y el coche lo agradece con un pequeño pitido que indica que su batería está cargando.

El experto se lleva el coche a su taller, donde lo repara como bien puede y según el presupuesto de Tamara. Sin embargo, al haberse descargado la batería y la gasolina haber corroído varios componentes, el coche que le devuelve tiene un rendimiento muy inferior al día en que se lo regalaron, recién salido de fábrica.

Cuando Tamara va a recogerlo, el experto le indica que el combustible de su coche es electricidad, que su autonomía es corta pero recupera energía en las frenadas, no emite gases tóxicos por lo que nunca le limitarán la entrada en grandes cuidades. No corre mucho, pero no hace ruido y es maravilloso para ir y venir del trabajo, ya que su autonomía es suficiente para ello y puede recargarlo cómodamente en casa, ahorrándose viajes a la gasolinera.

Ahora que sabe cómo funciona su coche, se siente fatal. Si lo hubiera sabido antes, no se habría enfadado cuando no arrancaba, habría buscado ayuda para saber cómo cuidarlo nada más recibirlo y ahora tendría tu coche en mucho mejor estado.

Aunque su coche daba señales de ser diferente, Tamara en ningún momento se paró a pensar si tal vez su coche era diferente a los coches normales que requiriera de cuidados especiales, se resintió con el coche por no ajustarse a sus expectativas, casi lo rompe por tratarlo como si fuera lo que no es y ahora tiene un coche dañado y con una batería muy sensible que ha de cuidar con especial respeto.

Fue más fuerte la idea de que todos los coches han de ser normales, que la evidencia de que el coche de Tamara no lo era.

De la misma forma, muchos padres y madres tienen hijos e hijas autistas a los que fuerzan a funcionar como si fueran normales porque no entienden el autismo o incluso fingen que no son autistas, se resienten con ellos y con los médicos que no los “arreglan” (pero sí los dañan de consulta en consulta). También serán profesores, maestras, jefes, amistades, líderes y todas las personas del entorno del autista quienes le forzarán -sutilmente o incluso con violencia- a amoldarse a la norma para ser indistinguible de una persona normal.

Todas estas personas -padres, profesionales, educadores, cuidadores- quieren un niño o niña normal, o como mínimo que aparente normalidad, sin importarles el coste que ello conlleve para la salud de la persona autista. Desde obligarles a ingerir cloro hasta entrenarles como perros para cambiar su comportamiento natural, estas actuaciones forzadas son traumas que dañan y pueden causar ansiedad debilitante, depresión e incluso síndrome de estrés postraumático.

En algunas situaciones, cuando alguien les hace comprender lo que están haciendo, se dan cuenta del daño que han hecho y dejan de hacerlo, igual que Tamara. Genuinamente se arrepienten y enmiendan su forma de pensar y actuar. Este cambio no repara los daños previos, que han de ser tenidos en cuenta y tratados con respeto y cuidado, pero puede sembrar las bases para una relación fuerte y enriquecedora para ambas partes.

En nuestra historia, Tamara no tenía mala intención, pero eso no arregló el daño del coche, ni siquiera pudo prevenirlo. De la misma forma, la buena intención de madres, padres, educadores y profesionales no evita ni previene, ni siquiera mitiga, el daño que recibimos las personas autistas. Por ello es importante no dejarse llevar por la necesidad de que los demás vean las buenas intenciones y mantenernos centrados en asegurar el bienestar de las personas autistas, su aceptación y el respeto por ellas.

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