La serie de artículos En busca del Diagnóstico Prohibido cuentan mi historia personal a la hora de buscar un diagnóstico oficial, mis razones, y las dificultades que encontraré en el camino. La información que aquí plasmo sobre ayudas, legislación en discapacidad, etc. puede contener errores y sólo se refiere a España.

El día 28 de diciembre a las 8.30 de la mañana tenía mi cita. Por suerte había coincidido con un hueco en nuestras vacaciones y pudimos acudir.

El día de antes dediqué toda la tarde, unas 5 horas, a contestar una batería de tests de cribaje para el autismo, confeccionados y probados por el experto de referencia internacional en autismo Simon Baron-Cohen. No me cae bien, pero a los psicólogos sí, así que qué remedio. Luego preparé una lista de los problemas que tengo. Me suelo quedar en blanco y los médicos y psicólogos no me toman en serio así que tenía que estar preparada. Tenía muchas expectativas para la cita, la verdad, demasiadas.

La alarma no sonó como debería y nos levantamos 10 minutos antes de la cita, por lo que llegue 10 minutos tarde. Mi novio me dejó en la puerta mientras él aparcaba el coche y me tocó enfrentarme sola a la situación de encontrar a la psicóloga.

Entro al edificio, tenía cita en la sala C17 pero, por supuesto, no hay ningún cartel que me indique dónde están las salas C de tal número a tal número. Tal vez por eso siempre me gustaron los aeropuertos, están bien señalizados.

Pero en el mundo de la gente normal, deben de dar por hecho que mágicamente tienes el mapa del edificio en la cabeza, pasado de generación en generación, y que sabes a dónde tienes que ir por evolución.

En fin, que me dirijo a alguien que parece trabajar allí y le pregunto por la sala C17, me pone cara de póquer, le pregunto por psicología y ya me dirige a un mostrador donde me piden mis datos y me indican una sala de espera. ¿No se supone que tienen ya mis datos? ¿No era para eso la cita previa? De verdad que no entiendo a los normales.

La psicóloga debía estar esperándome porque según me acerco a la salita de espera llama mi nombre al cruzarnos. No me gusta la primera impresión, parece una mujer demasiado normal.

Tiene pelo normal, cara normal, ropa normal, voz normal. Pinta mal.

Siempre me acompaña mi novio a todas partes porque tengo problemas para relacionarme con la gente y él me ayuda a la vez que sirve de testigo para comprobar que ciertamente no me toman en serio y no estoy loca ni exagero ni me lo invento, como me suelen acusar de hacer.

Esta vez él estaba aparcado así que me siento algo incómoda, desprotegida, yo sola. Él se quedó fuera toda la hora, para mi desgracia. Quería que entrara, pero no sabía cómo manejar la situación con esta señora y me quedé bloqueada.

Según entramos le entrego la hoja de mi médica de cabecera donde indica la razón de que me refiera a psicología. Y me pregunta algo así como que qué me pasa.

young woman in a conversation with the psychologist

Es una pregunta tan ridícila y difícil de contestar, pero como los normales rigen su vida en torno al trabajo, tengo algo de seguridad en abordar el tema por ahí. Comento que estoy bastante segura de ser autista, ella duda, yo le ofrezco el tocho de 13 tests contestados donde doy notas que sobrepasan cómodamente los cortes para el cribaje del autismo.

Ella me pregunta quién me los ha hecho. “Yo”, respondo. Puedo sentir su escepticismo y me pregunto qué mierdas hago tratando con gente normal. Me pregunta de dónde los he sacado, “de internet, están libremente a disposición del público”. Le comento que están realizados y validados por Simon Baron-Cohen, eminencia en autismo. Suelto la coletilla porque a los normales les impone mucho el estatus social de otras personas, y espero que eso me sirva de algo.

También le comento que mi madre, psicóloga clínica, está deacuerdo con el diagnóstico pero no puede hacerlo oficial por ser familia. Esto debe de entrarle por un oído y salirle por el otro, pero deja algún residuo en su cerebro ya que deja de replicar.

De aquí en adelante, el resto de la hora la mujer se dedica a preguntarme cosas de mi pasado, mis problemas, e introducirlos lentamente en el ordenador. Me siento como una profesora de primaria haciando un dictado a niños de 6 años, pero en vez de contar una historia de perritos y pelotas, cuento una historia de abusos sexuales, acoso escolar y desajuste social.

Me dediqué a contarle varios síntomas que tengo de cada categoría para el diagnóstico de TEA en el DSM-V. No se dio cuenta, por supuesto. Esta mujer debe de saber de autismo lo que mi vecino.

Luego, le comenté mi historia. La buena mujer mantiene un tono uniforme y cara de póquer toda la sesión. Como no reacciona, la verdad es que sí me solté bastante a la hora de contar las cosas que me han pasado sin mucha emocionalidad y sin tapujos. Ya que parece no escandalizarse, siento que puedo contar los pormenores sin problema.

Hacia el final de la hora ella me dice que no tengo autismo, que tengo “una historia muy larga” -tal vez sí se ha escandalizado un poco- y problemas con mi género. Yo le pido que me haga los tests diagnósticos de autismo, ADI-R y ADOS-2.

Ahí ella me dice algo así como “pero soy yo quien decide si te hago los tests”, a lo que contesto “ya lo sé, por eso te lo pido”. “Primero tendré que hacer una valoración”, responde, “ya lo sé”, le informo. “Es que vienes aquí como si el diagnóstico ya lo tuvieras hecho”, me suelta. “¿Cuál es el problema?” le pregunto. Me dice que ninguno, pero que tiene que valorarme, a lo que le repito que ya lo sé, por eso he ido a su consulta a pedírselo.

Me siento bastante violentada de haber tenido que relatar mi vida a una persona que se deja las cosas a medias, introduce en el ordenador lo que le viene en gana y no lo que yo he dicho -lo iba repitiendo en voz alta- y no muestra ningún tipo de interés por conectar conmigo. Por no mencionar que es totalmente ciega a mis dificultades en el momento, mi confrontación con ella, etc. Debe de pensar que soy desagradable en vez de valorar mi comportamiento de forma clínica como parte de su valoración.

Me inunda una sensación de decepción muy grande. Cuando salgo de la consulta tengo que ir a pedir la siguiente cita al mostrador. Menudo coñazo, con lo avanzada que va la tecnología, tener que hacer las cosas así, interactuando con tanta gente insensibilizada por jornadas interminables y ver a miles de pacientes como si fueran ganado pasar por sus instalaciones.

Mientras hago cola veo a mi novio esperando y le cuento cómo ha ido todo. Se cabrea y me dice que vamos a cambiar de psicóloga, que es inaceptable, y que a la próxima no se queda fuera.

A ver si soy capaz de hacer los trámites para el cambio. Tengo derecho a ello según la legislación, pero luego les encanta poner pegas. En el mundo de los normales las cosas se prometen para quedar bien, como los derechos, pero luego no sienten ninguna obligación de cumplir con sus promesas. Incomprensible.

Tengo la siguiente cita para el 7 de febrero ya que mi psicóloga tiene vacaciones, se las merece por el duro trabajo de decirle a la gente que ella manda y teclear de forma tortuosamente lenta los traumas de la gente en un ordenador.

Los días siguientes estuve teniendo flashbacks de la sesión y con cada uno se me llenaba el corazón de una sensación de desamparo, impotencia y rabia muy grandes. ¿No se supone que las psicólogas están formadas para ver en el comportamiento de la gente parte de sus problemas? ¿Por qué tengo que pelearme para que me hagan una prueba diagnóstica? ¿Por qué tienen las psicólogas este complejo de diosas incuestionables y se ofenden cuando una no está deacuerdo con las conclusiones que sacan en 15 minutos?

No entiendo por qué tengo que pasar por tanta ansiedad y tantos disgustos para algo tan sencillo. Pero claro, lo hago porque no me puedo permitir los 400 euros de una valoración privada.

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