Hace un par de días regresé a Twitter y me encontré con una pequeña pero activa comunidad autista y, al hablar con ellxs me han surgido muchos nuevos temas de los que pensar. Uno de ellos es la incontrolable urgencia con la que pasé horas pegada a la pantalla. No podía hacer otra cosa que leer y tuitear.

Y me pongo a pensar. ¿Por qué? ¿Qué es lo que me empuja a pasar horas enfrascada en algo? Pensando (y sintiendo, que para mí es lo mismo) me doy cuenta de que ciertas cosas las he acabado haciendo como reacción al dolor. Aprender a maquillarme (con todas sus horas de tutoriales de youtube), por ejemplo, fue por presión laboral.

Mi interés en el autismo y en la comunicación neurotípica es por necesidad de comprender por qué me malinterpretan cada vez que hablo con alguien. Por qué cuando una conversación no va como la otra persona necesita empieza a comportarse de forma impredecible y hostil. Estas cosas me causan tal descoloque interno, una sensación tan insoportable, que mi cerebro ha convertido en prioridad número uno acabar con ello.

Y digo “mi cerebro” y no “yo” porque es un proceso que ha sucedido sin que yo me de cuenta conscientemente. Un procesamiento sumergido, profundo, al que percibo como una entidad propia que vive dentro de mí.

Obsesiones forzadas. El Capitán.

Ese procesamiento sumergido es como si alguien estuviera al mando del barco que es mi cuerpo, que habitamos varias consciencias, y no se molestara en informarnos de sus decisiones. Un Capitán.

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El Capitán vive en su cabina de mandos, tiene control sobre todo lo que se pueda controlar en mi cuerpo y mi cerebro. Él vela por que todo vaya bien, se relaja con una taza de té mientras otea el horizonte y toma el control cuando otea tormenta o velas enemigas.

Normalmente no me doy cuenta de que está ahi, pero cuando el mundo me hace daño es imposible no verlo. En esos momentos yo soy el Capitán. Si has visto la película La Vida de Pi, me convierto en Richard Parker.

El mundo me hace daño de muchas formas. Cuando me pegaban en el instituto por no bajar la cabeza ante las bromas a mi costa. Cuando las mujeres me hacen el vacío o se invitan a quedar delante de mí, sin invitarme. Cuando personas que considero amigos o novios me ponen en situaciones incómodas. Cuando la gente me culpabiliza de haber sufrido abuso.

En todos esos momentos, el Capitán toma los mandos.

Para evitar el daño que sufro, el Capitán hace inventario de todo lo que he de procesar y aprender para poder tener suficiente control de la situación como para no volver a sufrir con esa intensidad.

El Capitán pasa a segundo plano todo lo demás. Si ha habido un malentendido, ahora toca dedicar horas a procesar por qué ha sucedido, qué podría haber dicho, y hasta que no lo entienda no habrá paz.

Y así es como nacen mis obsesiones por la psicología, por comprender el autismo y cómo me diferencio de los normales, por el maquillaje y la moda, por las expresiones faciales (con las horas que dediqué a practicar el squinch). Por todo aquello que necesitaba para poder fingir normalidad, a fin de cuentas.

Es un proceso necesario y que me ha dado herramientas que, pensándolo mejor, han resultado ser de doble filo. Pero han servido para su propósito principal: defenderme.

Intereses especiales. La niña.

Cuando no soy el capitán, soy la misma persona que era con 5 años. Una niña curiosa, invasivamente extrovertida, ingenua, frágil. No conoce los límites entre sí misma y los demás, quiere compartirlo todo.

Mi yo más yo que ve a las demás personas como grandes oportunidades de comunicación, de conocimiento, de conexión. Mi yo más yo que ve el mundo con grandes ojos deseosos de aventura. Mi yo más yo, aventurera, valiente, arquera, jinete.

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Cuando puedo ser yo y dejarme llevar por mis emociones, que es mi forma natural de ser, interactúo con mi entorno y encuentro cosas que, de forma espontánea, despiertan en mí sensaciones de disfrute tan profundas que el mundo palidece en comparación. Los special interests que llaman en inglés, intereses especiales.

Tener un interés especial es todo aquello que los normales dicen sentir cuando están enamorados, pero multiplicado por mil. No quieres hacer otra cosa, no quieres tener que despegarte de él, piensas en él todo el tiempo, no te deja dormir, no te puedes concentrar en nada que no sea él.

Hace mucho tiempo que no siento esa verdadera fruición por algo. Los enamoramientos han sido casi adictivos en mi vida adulta, supongo que las hormonas imitan bien el subidón que produce envolverte en un interés autista de pies a cabeza.

Recuerdo el placer con el que leía, dibujaba y escribía sobre lobos. Pokèmon, Zelda, la lluvia. Todos esos disfrutes son ahora un eco lejano, diapositivas mentales que me recuerdan algo que ya no tengo.

Cuantas más tormentas tiene que negociar el Capitán, más se ahoga la niña con cada ola que inunda el barco.

Es mi revolución particular salvarla. Recuperar mis gustos, iniciar una aventura por redescubrir mi autismo más natural y espontáneo al amparo de mi Capitán.

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