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Hace unos días leía una conversación en Twitter donde dos autistas hablaban detener dos consciencias. Una dedicada a interactuar con el mundo exterior, y una interna que es su hogar.

Fue un gran momento de vislumbrar algo que no he podido verbalizar bien hasta la fecha.

Una parte de mi cerebro se dedica a monitorizar cada músculo de mi cuerpo, mis expresiones faciales, mi tono de voz y cada palabra que digo para que se ajusten a las expectativas sociales.

Es como una Señorita Rottenmeier que patruya mi cuerpo por dentro, centímetro a centímetro, y tiene acceso a mi mente.

El cerebro autista es muy bueno identificando patrones. Y toda una vida de acoso y abuso por mi apariencia, he aprendido a darme cuenta de cuándo estoy siendo juzgada antes que la persona que me juzga.

Esta segunda consciencia es la que se encarga de hablar con los demás y salir a la calle. Sólo es necesaria cuando hay otras personas en juego y su objetivo es manipular la idea que los demás tienen de mí.

Es una herramienta que desarrollé para dejar de sufrir el acoso brutal que me hizo desarrollar estrés postraumático que aún hoy me visita con regularidad.

Si quiero conseguir trabajo, acudir a eventos públicos o, a veces, existir en público sin violencia, tengo que manipular la imagen que proyecto, porque si no lo hago sólo obtengo rechazo o violencia. No es una frivolidad narcisista y mucho menos opcional.

Pero estar constantemente pendiente de tu postura, de si el vestido no se me ha subido, de si estoy sonriendo en los momentos apropiados de la conversación, de si estoy mirando demasiado a los ojos o demasiado poco, etc. es agotador.

Y, antes de que salga el listillo con un “eso le pasa a todo el mundo”: no, no le pasa a todo el mundo. He hecho preguntas del estilo “¿tú piensas lo que vas a decir antes de decirlo?”, “¿piensas conscientemente sobre cuánto tiempo llevas mirando a los ojos a una persona, siempre que hablas con alguien?” y sus respuestas siempre han sido “no” y una cara de sorpresa cuando les cuénto cómo lo hago yo.

Lxs normales tienen todos estos procesos internalizados y son totalmente subconscientes para ellxs. Nunca van a entender toda la energía que requiere para mí porque creen que me cuesta el mismo trabajo que a ellxs y que me quejo por gusto o debilidad. Por esa razón, no sirve de nada explicar o rebelarme, ya que acabo peor de lo que había empezado.

Es violento tener que dedicar tanto esfuerzo a manipular esa proyección de mi imagen sólo para que me respeten que no me quedan recursos mentales suficientes para comprender lo que me dicen, tomarlo en consideración, y mucho menos para formular una respuesta.

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Es como vivir en una audición constante donde toda persona a mi alrededor es parte del jurado. Ansiedad constante, cuestionarme constantemente si cada parte de mi apariencia está en orden, sentirme un fracaso por cada pequeño detalle que se escapa de mi control.

Por eso es tan agradable estar sola, y tan necesario para mi salud. Cuando estoy sola no tengo que controlar nada. Puedo relajarme, descansar, disfrutar de la vida sin la amargura. Sin miedo a que nadie me haga daño sólo porque no le gusto.

 

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