Imagina que una mañana cualquiera, en un rato de aburrimiento, navegando por internet te encuentras con un titular que dice algo así como “¿Por qué algunas presonas beben coca cola? El trastorno de moda”. Te extrañas un poco, te pica la curiosidad, y empiezas a leer.

Tal vez eres parte del colectivo que bebe coca cola o tal vez no, pero conoces a un familiar y amigo que sí. En cualquier caso no puedes dar crédito a que los científicos se rompan la cabeza con algo tan simple.

En el artículo lees sobre investigadores perplejos que no son capaces de comprender por qué la gente bebe coca cola. Recopila entrevistas a padres de personas que beben coca cola donde les preguntan por qué creen que sus hijos e hijas lo hacen. Meten a personas que beben coca cola en grandes máquinas para leer su cerebro mientras les muestran imágenes de líquidos oscuros. Incluso han lanzado un documental al respecto donde salen profesores, enfermeras y vecinos de personas que beben coca cola hablando de un simple hábito como si fuera un trastorno.

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Los expertos barajan hipótesis sobre adaptaciones evolutivas para el apareamiento: “los ojos de la mayor parte de seres humanos son de color oscuro y hemos descubierto que mirar a los ojos de un ser querido y mirar una coca cola activan las mismas partes del cerebro en gente que bebe coca cola”.

“Menuda ridiculez”, piensas. “Tanta investigación y tanto documental y no le han preguntado a una sola persona por qué bebe coca cola”, no puedes creerte que la ciencia pueda ser tan obtusa con algo tan sencillo. “Si lo hubieran hecho, sabrían que bebemos coca cola porque está buena y punto”, sentencias con razón.

Lo mismo pasa con las estereotipias en el autismo. Se lanzan mil hipótesis a cada cual más estrambótica que la anterior. Si en vez de hacer tanto estudio nos preguntaran directamente, obtendrían la respuesta real.

Hacemos ciertos movimientos o buscamos ciertas sensaciones porque nos gusta. Y lo repetimos porque nos sigue gustando. Misterio resuelto.

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