En este artículo encontrarás descripciones de agresiones sexuales a menores así como datos sobre prevalencia de los mismos. Si no puedes leer este artículo ahora, o nunca, estoy encantada de que cuides tu salud por encima de todo. A mí me ha sido duro escribirlo y quiero advertir que puede resultar duro leerlo, sobretodo para víctimas.

Soy autista y he sufrido abusos sexuales durante muchos años de mi vida, por diversas personas que actuaron con impunidad y que siguen su vida sin problema. Yo sin embargo llevo años pagando las consecuencias.

Las personas en el espectro somos especialmente inocentes a la vez que no entendemos las normas sociales que escuchamos y observamos. Por eso somos una presa fácil.

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Objetivos fáciles

Lxs abusadores saben de forma intuitiva que abusar de una persona autista va a resultar más fácil. Más del 90% abusadores conocen a sus víctimas (fuente), por lo tanto han tenido tiempo de sobra para preparar a esa persona para el abuso, para vulnerar sus límites en repetidas situaciones y comprobar qué pueden hacerles sin que otra persona les descubra.

La ingenuidad hace que nos creamos lo que nos cuentan. Que nos van a hacer algo para ayudarnos, para curarnos, para aliviarnos. Que no estamos haciendo nada malo, pero que no hay que contar nada. Por otra parte tenemos una fuerte noción de nuestro propio cuerpo, aunque no la sepamos interpretar, y sabemos, de forma difusa, que algo no va bien. Sabemos, de manera instintiva, que decir “no” no es una opción porque esa persona ya ha estado preparándonos en otras situaciones para castigarnos cada vez que nos resistimos a algo. Nuestra ingenuidad nos hace confiar a pesar de nuestro malestar.

Lo triste es que, otras veces, en las situaciones en que lxs abusadorxs no conocen a la víctima, otras personas ya la han preparado para no decir que “no”. No se puede decir “no” a los deberes, ni a vestirse como tus padres quieren, ni a llevar el pelo como quieras, ni a poder expresar tu género libremente, nuestras vidas de pequeñxs están controladas por lxs adultos que nos patologizan si nos atrevemos a resistirnos. Si lo piensas bien, es llevar al niño al médico porque dice que no, porqe pone sus propios límites y se niega a que sean vulnerados. ¿Hay un paso tan grande de violar todas esas fronteras personales de lxs niñxs a violar la frontera física y sexual? En mi caso no lo hubo.

A todo esto sumemos que no interiorizamos las normas sociales de forma típica. Muchxs niñxs no-autistas saben identificar comportamientos “inapropiados” y por lo tanto ya antes de cualquier contacto el abusador o abusadora se da cuenta de que no es un objetivo fácil. Aún así, esto no lxs inmuniza, sólo es una diferencia con personas autistas.

Como no interiorizamos esas normas de la misma forma y a la misma velocidad, podemos decir cosas o comportarnos de forma considerada inapropiada para nuestra edad pero que para nosotrxs es normal y sin saber cómo los va a ver otra persona. No sentir vergüenza ante la desnudez propia, sentir curiosidad por los cuerpos ajenos, y todo esto sin tener la menor noción de que exista la sexualidad. Pero nuestro comportamiento es leído por personas alistas abusadoras como comportamiento sexual y, en vez de pensar que somos niñxs, que no sabemos, buscan cualquier excusa para satisfacer sus necesidades a costa del bienestar de otra persona inocente.

Si unx adultx ve el comportamiento de unx niñx como sexual, es su problema y debe cercionarse de proteger a esa persona del daño que esx adultx le puede hacer gracias a sus pensamientos potencialmente abusadores. La persona menor tiene el derecho a vivir su infancia y pubertad sin desarrollar un miedo generalizado a lxs adultxs que lx rodean. La responsabilidad del abuso recae siempre sobre la parte abusadora.

Mi experiencia personal

Mi primer recuerdo de abuso sexual es de cuando yo tenía unos 8 o 9 años. Estaba en casa de mi mejor amiga, la adoraba y me encantaba estar con su familia, eran agradables. Un día su padre estaba por allí, me hice daño y me dijo que me iba a dar un masaje para curarme. Me tocó el culo, yo me sentía aterrorizada. Cuando me preguntó si me sentía mejor, mentí. Le dije que sí y busqué la primera excusa que me permitiera huir de allí. No quise ir más a casa de mi mejor amiga. No se lo dije a nadie.

A los 12 años la pubertad me pegó fuerte y las hormonas se me desbordaban. Internet florecía y a través de la comunicación por texto, sin florituras no-verbales, me sentía más cómoda para interactuar sin miedo y lejos del acoso escolar que empezaba a sufrir. Allí empecé a hablar con varias personas. Una de ellas un chico de 19 que no quería que nos vieran juntos. Me llevó en moto a un lugar apartado, interpretó por mi conducta, le di un abrazo, que yo quería más y me llevó a una casa de campo que tenía su familia. Allí me hizo quedarme, sin poder llamar a mi madre, obligándome a mentirle diciéndole que me quedaba con una amiga por mensaje de texto.

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Hacía frío y no quería ni quitarme las botas para tumbarme en la cama. Me colocó la mano sobre su erección. Le dije que no estaba preparada, que esa noche no. A la mañana siguiente me dejó en mi calle, lejos de mi portal. Mi madre estaba muerta del susto, no sé si llamaron a la policía. No quise contar nada, no presentaron cargos porque mi padre no quiso.

En esa época estuve escribiéndome por mensajes de texto con un hombre de más de 30 años. Me acabé sintiéndo incómoda y le pedí que no me escribiera más, que no quería seguir hablando. No sé si fue él o si fue el chaval de antes, pero estuve recibiendo llamadas a mi móvil a las 3am durante meses, siempre de un número oculto. Nadie contestaba, sólo silencio y una respiración. No se lo dije a nadie.

A los 13 años inicié una relación, por internet, con un chico de 18 años de otro país. Yo ya había tenido alguna relación sexual por lo que mostré interés en ello. Él me acabó mostrando pornografía infantil y me insistía para verme por webcam. Me instruía en lo que tenía que hacer. Con los años le visité muchas veces. Realicé muchos actos sexuales que no quería pero que hice por coacción. Penetraciones dolorosas, desagradables, cosas que a él le parecían graciosas y a mí humillantes. Me grabó en vídeo y me hizo fotos en numerosas ocasiones. No se lo conté a nadie.

Tras 5 años de relación conseguí dejarle, a los 19. Me acosó por redes sociales donde fingía ser un desconocido y me relataba detalladamente sueños eróticos que había tenido conmigo. Le llamé la atención, le dije que eso que hacía estaba mal. Aún así insistía en que quería verme, que estaba en España. Volví con él una segunda vez. Duró unos meses. Conseguí dejarle para siempre. No se lo conté a nadie.

Sobre los 22 entablé una amistad por internet con un chico del que me enamoré pero que jamás pensé que fuera a querer nada conmigo. Yo le decía lo guapo que era, lo que me gustaba, que era genial. Él se ponía cachondo y quería masturbarse conmigo por webcam. Yo accedía, a mí no me gustaba, pero no veía otro camino, ni me planteaba decir que no. Él me grabó e intentó vender los vídeos a otros conocidos míos.

A los 24 años me encontré con un hombre en una estación de servicio mientras repostaba gasolina en mitad de un viaje largo. Fue muy agradable y carismático, a mí me hacía gracia su barba. Me dijo que me pagaba la gasolina para ir a verle desde mi casa esa noche, aunque era más de una hora de camino. Que él no podía mover el furgón que estaba transportando por trabajo. Le dije que iría, quería ir, conocer a una persona nueva. Me habló por mensajes de texto toda la tarde preguntándome que iba a llevar, que si se afeitaba la barba. Cuando le vi sin la barba sentí miedo.

Nos tomamos algo, él una copa, yo una coca cola. Insistió en que probara de su cubata. Me dijo que subiera a su habitación de hotel. Yo no quería. Insistió. Me coaccionó una y otra vez hasta que me desnudó e intentó penetrarme. Me dejó marcas por todo el cuerpo que tardaron semanas en irse. Se corrió encima de mí, me dio tanto asco que tuve la suficiente fuerza para levantarme e irme.

Él se reía de mí. Me lavé lo mejor que pude y me fui al coche. De vuelta a casa pasé por la comisaría de la Guardia Civil, le conté lo que sucedió a un hombre que me tomó declaración y me pidió que me mirara si tenía marcas físicas en una habitación aparte. Conocía a mi padre. Me miró con verdadera lástima, de verdad se lamentaba de lo que me había sucedido, pero me dijo que el caso, si yo quería denunciar, iba a ser dificilísimo, que no tenía marcas de violencia exagerada, que yo nunca dije claramente que no ni hubo forcejeo.

Al llegar a casa se lo comenté a mi padre, abogado, me dijo que si denunciaba tendría que verle regularmente para vistas y juicios, que él recibiría todos los datos de mi domicilio y más. Que el proceso se alargaría, que él se enfadaría, que tendría que estar pensando en él y lo que pasó durante muchísimo tiempo. Decidí no denunciar y me fui a duchar, eliminando toda evidencia que estaba esperando poder entregar en un humillante kit de violación en el hospital.

Al margen de estas experiencias, he realizado actos sexuales sin consentimiento, por coacción e insistencia, por agotamiento, por resignación. Nadie querrá verlo como abuso sexual o violación, pero los efectos son los mismos.

Las consecuencias

Todas y cada una de las situaciones que he relatado me provocaron el mismo paquete de emociones. Humillación, por encima de todo, que me permea hasta los huesos, la siento dentro de mí, en cada célula. Una persona se ha aprobechado de mí sin el menor cuidado por mi bienestar, me ha usado como una cosa. Culpa después, cómo pude no verlo, no darme cuenta. Remordimientos, tenía que haber hecho esto, si no hubiera dicho lo otro. Resignación, lo hecho hecho está, estoy sucia, manchada de por vida.

Pérdida de autoestima. Pérdida de límites. Sumisión a los deseos ajenos como única forma de poder acceder a algo que se asemeje a afecto. Ver mi valor como persona ligado exclusivamente a mi capacidad de satisfacer sexualmente a otra persona sin rechistar. La erosión personal que todo ello conlleva a veces es más difícil de recuperar que la de un único golpe. Es la diferencia entre recomponer un jarrón que se rompe en 3 trozos o en 300.

A día de hoy tengo pánico limitante a firmar mi trabajo en con mi nombre real por miedo a que personas que han abusado de mí puedan acercarse a mí o a mi familia y sospecho de desconocidxs cuando siempre fui una niña confiada y sociable. Cambio de número de teléfono cada poco tiempo porque me asusta quién pueda tenerlo y que decida acosarme con todos los problemas que ello conlleva, sobretodo laborales.

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He desarrollado una paranoia constante que nunca me abandona, como si algo estuviera a punto de suceder. A que si alguna de esas personas me encuentra van a publicar los vídeos que grabaron y me van a exponer al estigma y humillación pública que he visto caer sobre otras víctimas de este tipo de violencia. Me aterra. No puedo usar mi nombre real en formato escrito sin tener miedo a qué va a pasar con esa información, a quién va a llegar, quién va a poder encontrarme a través de esos datos.

Con frecuencia las personas autistas sentimos las cosas con una intensidad extraordinaria, incluyendo los deseos de los demás o sus sugerencias que para nosotrxs se convierten en órdenes. La diferencia entre tener una pistola en la cabeza que me obligue a hacer esas cosas y no tenerla es que si la tengo al menos sabría que no es mi culpa. Cuando ni siquiera hay pistola sabes que nadie te va a creer, que nadie se va a poner de tu lado, nadie te va a cuidar del daño que te han hecho.

Somos personas muy conscientes de las consecuencias de nuestros actos cuando ya hemos vivido algo parecido antes. Sabemos que a los adultos no les gusta cuando nos resistimos a lo que quieren hacernos. Sabemos que decir que no lleva a malas caras, a rechazo. Vivimos desde pequeñxs desesperadxs por que nuestra familia nos quiera y para ello nos volvemos complacientes a sus exigencias. Sin saberlo, nuestras familias, entorno escolar y cultura nos han hecho las víctimas perfectas.

Lxs autistas también somos sensibles a las cosas que se dicen, somos literales, nos tomamos todo en serio. Si alguien dice “las tías que dicen que las han violado sólo se arrepienten y quieren joder al tío” crees que es lo que van a decir de ti. Si tus amigos dicen “todas las denuncias son falsas, las tías son unas putas”, tú sabes qué pensarán de ti si comentas algo. Si oyes a tus profesoras hablar de un caso de violencia sexual y dicen “es que la chica no tenía que haber ido así vestida” ya sabes que no te van a ver con buenos ojos.

Luego ves programas en la tele, vídeos, mensajes en foros o comentarios de cómo los hombres rechazan a mujeres víctimas de violación, cómo las rechazan sus familias, las echan de sus trabajos.

Una niña de 15 años que ya vive al límite buscando la aprobación, aceptación y afecto de su entorno en un mundo que no entiende y que escucha ese tipo de comentarios no se va a arriesgar a sufrir más rechazo y marginación por algo que le ha sucedido y que ella aprende a interiorizar y sentir como su culpa.

Así que aprendí a callar. Aprendí que era todo mi culpa. Aprendí que me lo debía de merecer. Aprendí que soy abusable, hecha para ser abusada, que no tengo nada mío, que ni mi propio cuerpo es mío. Mi vida les pertenece a otras personas que sólo me van a dar una palabra amable o cariño si obtienen lo que quieren de mí, sin importar el coste para mi bienestar o mi salud.

Pero mi cuerpo es mío. Mi vida es mía. Y la amarga realidad es que cuanto más lo reclamo más rechazo obtengo. Lo que me han hecho no fue mi culpa aunque sea yo quien tiene que pagar las consecuencias en soledad. Es la injusticia de una sociedad que protege a mis agresores antes que a mí.

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