[Aviso: mención de suicidio y descripción de ideaciones suicidas].

El día 26 de marzo de 2016 fue el día que cambió mi vida.

Esa semana había hecho planes para suicidarme. Había buscado en internet varios métodos según su efectividad, dolor, posibilidades de que alguien te encontrara y te reviviera, etc. Lo tenía todo decidido e incluso había hablado con un par de personas sobre cómo conseguir lo que necesitaba.

Había hecho un borrador de una carta de suicidio muy breve, una frase para cada uno de mis seres queridos. La lista era corta, no llegaba a un párrafo de 4 líneas.

Había llamado a mi madre y le había dicho que en los próximos días sucedería lo inevitable y le di una de dos opciones. O me acompañaba y me ayudaba a morir en paz, o yo lo haría por mi cuenta. Eligió acompañarme.

Recuerdo la sensación de alivio que sentía al visualizarme morir, no tener que luchar más contra un sinsentido imposible de comprender. Me hipnotizaba pensar en librarme de la sensación de que todo era mi culpa, que soy demasiado vaga y estúpida para trabajar como todo el mundo y ganar dinero y ser una persona de provecho, que de alguna forma estaba en la miseria porque quería.

Yo creía lo que me habían inculcado: que ser discapacitada es no valer nada, así que mi vida no valía nada y estaba deseando terminar con el suplicio. Veía a los demás seguir adelante con sus vidas como trenecitos con el camino marcado mientras yo no paraba de descarrilar. No había ningún marcador físico que me impidiera rodar sin sobresalto como las demás personas a mi alrededor, de hecho yo tenía más capacidades intelectuales. Entonces la conclusión era que era mi culpa, que me inventaba mis dificultades.

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Pero ese día sucedió lo que llevaba más de 15 años esperando: encontré un hilo que, al tirar de él, me revelaría la verdad, y mi destino. Como un hechizo mágico que recompone mis vías de tren y las endereza para devolver el convoy delicadamente a su lugar.

Estaba a punto de renacer.

El día 26 de Marzo de 2016 encontré una publicación en Tumblr. Era una lista de puntos importantes sobre el activismo autista y llegó a mis manos por dos motivos. Un par de personas que seguía en Tumblr resultaron ser autistas y hablaban de ello ocasionalmente. Me fascinaba que estas personas no fueran como los estereotipos que yo tenía en la cabeza.

Por otro lado, siempre he adorado la justicia social. Me fascina, me atrapa pensar en ello y descubrir los mecanismos de injusticia. Así que cuando vi hablar de activismo autista me puse a leer como había leído sobre tantos otros temas. Tengo una curiosidad voraz por el mundo, después de todo, que agradezco muchísimo a mi maravilloso cerebro autista.

Uno de los puntos captó mi atención más que los demás: “Comúnmente se cree en la comunidad autista que el autismo afecta a ambos géneros por igual. Pero es sólo que las mujeres/niñas no son correctamente diagnosticadas”.

Cuando llevas más de 10 años buscando respuestas que te ayuden a aferrarte a la vida, desarrollas un mecanismo que esta constantemente alerta para encontrar “La Razón De Mi Diferencia”. Y la idea de que el autismo se pudiera presentar de forma diferente en mujeres automáticamente abrió la puerta: ¿podría… yo… ser autista?

Quise ser autista. La idea de ser como las personas que había visto reivindicar sus derechos me llenaba de sensaciones de tener un propósito, de poder ser extraordinaria.

Me entró un frenesí que me aceleró el corazón hasta que sentía que se me iba a salir por la boca y busqué atropelladamente en internet. Rápidamente di con la página de Rudy Simone: Help4Aspergers.com y una imagen con texto minúsculo sobre los rasgos del Síndrome de Asperger en mujeres.

Antes de empezar a descifrar el texto en pantalla me mentalicé y me dije “tranquila, no fuerces los rasgos a encajar, sería demasiada coincidencia”. Me recordé a mí misma las veces que busqué en el DSM-IV algún trastorno que pudiera explicar mi vida y cómo intentaba a la fuerza encajar algo para encontrar respuestas, dispuesta a no repetirlo.

Pero todo encajaba como un guante. Cada rasgo, cada punto que leía, de los aproximadamente 40 puntos del cuadro, yo cumplía todos menos dos o tres.

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Fue como estar en una celda sin ventanas y encontrar un pico escondido tras un ladrillo de la pared. Lo miras con incredulidad durante 5 segundos antes de ponerte a picar las paredes con saña. Sientes la sal del aire y la libertad en la lengua antes de si quiera ver la luz.

Empecé a picar los muros que me constreñían: leí. Leí, leí y leí durante horas. Le escribí a mi madre: “creo que soy autista”. “No”, me contestó. Ella es psicóloga, con dos másteres, su palabra tenía peso.

Pero no iba a dejar escapar tan fácilmente el sueño del sonido de las olas y la brisa acariciando la hierba al sol. Traduje cada uno de los puntos y describí cómo encajaban conmigo a la perfección. Para ser justa hice hincapié en los dos o tres que no se ajustaban.

Mi madre no tuvo más remedio que reconocer que desde luego había una similitud demasiado potente como para ignorarla. Y con eso vi el primer rayo de luz atravesar la gruesa pared de hormigón. Lo estaba consiguiendo, quise ser autista y mi deseo estaba siendo concedido.

Más adelante concluiría que mi madre también está en el espectro. Achaco a eso que no se cerrara en banda, a que aceptara revisar las pruebas de buen grado. He encontrado que las personas no-autistas son mucho más rígidas a la hora de aceptar la posibilidad de que sus creencias pueden no ser ciertas.

A la vez que envié ese correo electrónico le dije a mi novio: “creo que soy autista”. Se le torció el gesto.

Tras repasar con él los rasgos y toda la información adicional que había leído, no había forma de negarlo. Habría hecho falta un ejercicio brutal de rechazo de la realidad para no ver lo que era evidente. No le gustaba nada lo que veía.

Me quedé congelada en mi celda, mirando la luz, oyendo el mar, saboreando la brisa que se colaba por la grieta que acababa de abrir en la pared. Él no quería que yo fuera libre, él me conocía presa. Se me caían los hombros mientras vislumbraba cómo sería estar tras las paredes.

Pasó dos semanas en modo de hibernación. Sólo me hablaba lo justo para el día a día, ni una palabra de más. Todo gesto de cariño había desaparecido por completo.

Pero yo no podía aceptar quedarme en la celda de fingir ser quien no soy en ese punto. Mientras él me rechazaba yo investigaba. Todos los días pasaba horas leyendo todo lo que encontraba, hacía tests de cribaje, hablaba con otras personas autistas. Mi cerebro funcionaba a destajo incorporando y procesando toda la información.

Fue un trabajo de re-lectura de mi vida y re-interpretación de mis experiencias. Las crisis de ansiedad no habían sido tales, eran crisis autistas. Mi odio a que me dieran dos besos no era excentricidad, era rechazo al contacto físico forzado. Mi capacidad social era la máscara que utilizamos las personas autistas para sobrevivir. Mis pequeños graznidos de pequeña y aleteos de manos eran estereotipias.

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No era vaga, no era estúpida, no estaba inventándome nada. No había nada de malo en mí, simplemente había estado intentando vivir una vida que no era mía, no era para mí y no estaba hecha a mi medida. La revelación supo tan bien: no soy normal.

Con el tiempo mi pareja resolvió enfrentar sus prejuicios. Tal vez no le quedó más remedio porque yo no solté el pico y mi vida iba a seguir por ese camino con o sin él. A pesar del rechazo tan brutal que sentí y cuánto me vine abajo por ello no volví a tener pensamientos suicidas durante meses.

Hoy, un año después, miro atrás y veo mi primer año en libertad. No ha sido fácil, pero cuando vivir merece la pena, las dificultades son más llevaderas.

Hoy la celda en la que viví toda mi vida tiene un agujero enorme en la pared y está cubierta de flores pintadas. Día tras día el viento y la sal se llevan un pedacito más de las que fueron mis cadenas y oxidan el encofrado de hierro que asoma de entre los escombros de hormigón.

El autodiagnóstico me salvó la vida. Por fin puedo ser autista en libertad.

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